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viernes, 10 de febrero de 2012

“MUTACIÓN SENTIMENTAL Y PERCEPTIVA”



Esta es mi humilde aportación con todo el cariño,
acerca de nuestra, a menudo incomprendida y mal empleada percepción.
Echando la vista atrás, ahora por fin me percato,
de ciertos hechos que en su momento
por mi mente pasaron inadvertidos.
De no haber sido así, los acontecimientos hubiesen sido otros,
y muchas de las vivencias jamás hubieran existido.
Y he aquí el dilema que en un principio,
mi mente en forma de balanza representa.
Así por un lado, la dicha se concentra,
y por el contrario en el otro, la ingrata desdicha.
Cabe decir que del lado bueno,
esos recuerdos de alegría, satisfacción, aventura, puro gozo interno…
Todos estos momentos del pasado,
dejan una huella en el recuerdo imborrable.
Y a esa huella por desgracia casi siempre,
solemos acudir poco.
Quizás se deba, a que caigamos en la desidia mental
e irracional del ser humano.
Y qué decir del otro lado de la espiritual balanza,
la del lado malo, o quizás no tanto.
Recuerdos de dolor, incluso abarcando el sufrimiento.
Recuerdos que marcan su terreno
y dejan una honda huella en nosotros.
Llegando aquí me hago ciertas preguntas:
¿Porqué afligirse recordándolos continuamente?
¿Porqué anclarse en ellos, cuando estos ya pasaron?
¿Porqué permitir que esos recuerdos
nos embarguen nuestra fuerza, esperanza, e ilusión por vivir?
¿No sería mejor aprender de ellos,
extrayendo toda buena, instructiva, necesaria, y vital lección?
En este punto haré el mayor inciso,
pues siento que aquí radica la clave
de una vida más saludable y estable.
Creo firmemente que los momentos buenos del pasado son importantes,
y que de vez en cuando resulta bueno recordarlos,
pues son una parte que nos hace vibrar de gozosa emoción,
pero también creo, que los momentos malos lo son también,
pues es posible aprender de los tropiezos,
e incluso de los fallos propios y ajenos.
Si no nos anclamos en ellos, finalmente llegaremos a buen puerto.
Todo en esta vida posee un porqué,
todo tiene una oportuna explicación.
Otra cosa es que nuestro cociente intelectual y nuestra espiritualidad,
nos permitan darle una explicación correcta y acertada,
o por contra una incorrecta y desacertada.
De ser para bien, extraeremos buen balance,
y por el contrario, nos lamentaremos siempre,
ahogándonos en nuestras propias penas.
Ahondando en esos momentos de desdicha,
reflexionando bien acerca de ellos,
involucrándose profundamente buscando respuesta a cada porqué,
se puede hallar la verdad de cada suceso,
y extraer varias lecciones de cada uno  de ellos.
Nadie es perfecto, nadie es del todo correcto,
por ello toda persona posee el derecho a equivocarse.
Así ha sido y seguirá siendo siempre,
aunque todo dependa del grado de equivocación.
Debemos aprender de los errores propios
para no volver a cometerlos,
y de los ajenos para aprender a reconocerlos a tiempo,
y por lo tanto prevenirlos y posteriormente evitarlos.
Todo lo malo que nos suele suceder,
se debe siempre a desengaños sentimentales,
producidos por traiciones, perdidas, abusos, ect.
¿Porqué sufrir recordando tan amargos y crueles sucesos?
¿No sería mejor ocupar su lugar con positivos pensamientos?
Solemos caer en la desidia,
de empañar el espejo de los buenos recuerdos
con una cortina de sufrimiento.
Tapamos lo bueno con lo malo.
Por nuestro bien, no debería de ser así.
Aprendamos por el contrario,
a destapar el frasco de esos buenos sucesos,
y de los buenos sentimientos.
Que de lo malo aprendamos,
y que luego en el pasado lo dejemos,
para continuar nuestro sendero,
nuestro peregrino transitar,
siendo mejores personas de lo que nunca fuimos,
habiéndonos curtido finalmente,
y llevándonos con nosotros lo bueno de nuestro pasado,
para que de vez en cuando nos haga esbozar una sonrisa.
Dicen que todo lo malo posee algo bueno,
y al revés lo contrario.
Esa es la verdad de la vida,
aunque a menudo nos cueste reconocerla.
No nos obcequemos con baldíos sentimientos,
de tristeza, apatía, rencor u odio,
hacia algo que ya pasó.
Dejémoslo estar.
Sigamos nuestro camino con la claridad mental suficiente,
como para reconocer que todo en esta vida
posee su particular lección,
y que de cada una de estas,
si se desea fervientemente,
se puede salir reforzado,
sobre todo espiritualmente.
Disfrutemos de lo bueno que nos brinde el presente,
sin pensar en nada más.
Perdonémonos nuestros pequeños pecados,
no nos lastimemos más con ellos,
y en caso de haber incurrido en otros mayores,
pidamos perdón por los mismos,
y no los volvamos a cometer.
Y también perdonemos a los que en algún momento
nos infringieron mal alguno.
Esas personas ya padecen su particular e interno calvario,
y en realidad no ganamos nada con reprocharles sus fallos.
Ya viven y batallan espiritualmente consigo mismas.
Nosotros no poseemos el derecho de juzgar a nadie,
pues en tal caso, primero tendríamos que juzgarnos a nosotros mismos.
Pidamos perdón, perdonemos, pasemos página,
y seamos mejores personas.
Preocupémonos más de mirar con buenos ojos el presente,
en vez de nublar nuestra vida con retazos de un pasado,
que ya pasó, y en el cual por mucho que pensemos en él,
ya nada cambiará.
Todo lo que ocurrió y ocurre, tiene que ocurrir.
La vida es así, siempre sigue su peregrino y vital transcurrir.
Extraigamos a cada pregunta que se nos plantee en nuestra vida,
acerca de nuestro pasado, nuestro presente y futuro,
una respuesta correcta y acertada.
Para ello liberémonos primero,
de baldías cargas espirituales.
Cerremos los ojos, reflexionemos en silencio,
y en medio de la calma y de la fe,
hallaremos nuestra paz y estabilidad emocional.
Esta es mi humilde aportación con todo el cariño,
acerca de nuestra, a menudo incomprendida y mal empleada percepción.